Un cadáver en la Mar Bella (2). Olor a podrido
Ayer hallaron un cadáver en la playa de la Mar Bella. Llevaba entre uno y dos meses atrapado entre las rocas. Tardaron cuatro horas en sacarlo, a trozos. Los medios ya no hablan sobre eso, pero yo no puedo dejar de imaginarme el pasado y el futuro de ese cuerpo. No puedo dejar de entrar a la redacción y que se me revuelvan las tripas mientras pienso que nadie ya se va a preocupar por cómo ese cadáver llegó hasta el espigón y se pudriese sin que nadie lo reclamara.
Uno de los maestros del periodismo, Ryszard Kapuscinski, escribió un libro titulado Los cínicos no sirven para este oficio, una especie de romántico manual de la profesión. Y de hecho fui bastante cínico cuando intenté superar la cinta de la Guardia Urbana para acercarme al lugar, o cuando le metí el máximo zoom para ver si alcanzaba a fotografiar las bolsas, o cuando le pregunté al jefe de bomberos la edad aproximada de la víctima.
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| La niña y el buitre. Fotografía tomada por Kevin Carter en Sudán, premio Pulitzer en 1994. |
¿¡Qué cojones me importa!? ¿Y a quién le puede importar? Pero eso ya lo pensé con cara de pasmado sentado en el andén del metro. Ahí llovieron las dudas sobre todo. ¿Por qué me dedico a esto? ¿Por qué tengo que escribir y fotografiar muertos? ¿Por qué no me paso al periodismo cultural o político? ¿Por qué parece que nos guste el olor a podrido? Para entonces la respuesta ya no importaba, había sido lo suficientemente cínico para sacar las fotos e irme de allí, y lo suficientemente humano para pensar durante seis paradas en aquel cadáver. Se supone que de eso se trata mi trabajo.
Precisamente, el pasado 3 de mayo se celebró el Día Mundial de la Libertad de Expresión. Aunque ese día se refería más al recuerdo de los 90 periodistas, 48 internautas y 6 colaboradores asesinados, y a los 192 periodistas, 13 colaboradores y 133 internautas encarcelados, durante el año 2012, según el informe de Reporteros Sin Fronteras. El total es lo de menos...
El gran fotógrafo Robert Capa decía: "Si tu foto no es buena, es porque no te has acercado lo suficiente". Aunque por acercarse demasiado muchos acaben al otro lado de la imagen. Durante la primavera árabe en Libia (que ya nadie recuerda), un profesor de periodismo que fue la zona como corresponsal de La Vanguardia nos contaba que los periodistas que morían eran los free-lance. Mientras que los redactores de grades medios tenían un sueldo asegurado, toda la infraestructura para proteger el trasero y acababan la jornada a media tarde, los free-lance que iban por libre y cobraban por foto vendida (no más de 50 euros), salían por la noche a los lugares de mayor peligro. Esos son los que a veces no volvían.
Pero no hace falta irse a Libia para oler a podrido. Hace pocas semanas un reportero free-lance británico murió por hipotermia mientras preparaba un reportaje sobre los mendigos y, lógicamente, intentó vivir como ellos, sentir lo que aquella gente sentía y realizar un trabajo digno que le costó un precio demasiado alto.
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| Kevin Carter |
Y si removemos la hemeroteca, si nos vamos casi a los orígenes de ese romanticismo por la putrefacción, ahí está Kevin Carter, ganador del premio Pulitzer en 1994 por su foto de la niña y el buitre. Se suicidó por no poder soportar las críticas a su actitud por no socorrer a la niña. Kevin perteneció al Bang Bang Club, un grupo de fotógrafos que durante el apertheid en Sudáfrica arriesgó la vida para retratar la violencia y la muerte en los barrios periféricos. A menudo sus fotos eran tan desagradables/reales que no se publicaban porque "herían la sensibilidad de los occidentales". "A los blanquitos no les gusta ver un cuerpo mutilado mientras desayunan un domingo antes de irse al parque con su familia", justificaba un director.
Esos mismos blanquitos de moral impecable fueron los que criticaron sin piedad a Kevin Carter hasta provocar su suicidio. Y los mismos que se escandalizan con las cifras de periodistas asesinados, y se lamentan junto a su esposa de la represión y la falta de libertad de expresión en algunos países, mientras van de camino al parque.
A todo esto, y por culpa de eso, los archivos de fotos de las redacciones se llenan día tras día de imágenes de la masacre de musulmanes rohingya en Birmania. Pero a quien le puede interesar eso. ¿Musulmanes? ¿Rohingya? ¿Birmania? Mejor lo dejamos para los libros de Historia, cuando los muertos alcancen el millón, como en Camboya o Ruanda. Luego ya haremos películas y homenajes. Pues sí, eso está sucediendo y los cadáveres también huelen a podrido, aunque no lo veamos.
Al final pienso, ¿por qué sabiendo todo esto sigo queriendo acercarme a lo invisible? ¿Por qué esa extraña perversión por la pobreza, la muerte? ¿Por qué tantos cabezazos contra un muro de silencio? ¿Por qué esa seducción por lo desagradable, con la cantidad de cosas bonitas que tiene la vida? Y mientras dudo siento que no soy tan cínico y encuentro la respuesta: ¿por qué dudar? Mientras los cadáveres huelan a podrido, ya tendré tiempo de pasear en algún otro parque.



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