He alargado las vacaciones más de la cuenta. Mi gran devoción por el cristianismo y por sus festividades no me han permitido concentrarme. Pero haciendo memoria, tampoco hay mucha sustancia que recordar. Quitando el tema de la Infanta, las imputaciones, el juez bueno y el fiscal malo, y el Rey, del que ya me irrita hablar, el resto se podría resumir en las tres palabras del título: escrache, muertes y splash. Y todas entre ellas tienen cierta relación (y si no, yo se la busco).
Nos hemos pasado una Semana muy Sanítisima -como así la denominamos los que no nos hemos ido de vacaciones- con un debates monotemáticos: el escrache. Como los de la PAH no tienen guita para irse de picos pardos pues se han dedicado a pasearse por casas y actos de los políticos. O por lo menos así lo resumen algunos periodistas. Y como los tertulianos y Nuestros Excelentísimos Representantes Políticos tampoco parece que se vayan a ningún lado, han tenido todo el tiempo para darle vueltas al tema hasta marearlo.
Dos mujeres se emocionan en la concentración frente a la sede del PP en Barcelona al conocer que los populares votan a favor de admitir a trámite la ILP para modificar la ley hipotecaria. ¿Pero cómo nos vamos a quejar? Si son buenísimos, sobre todo con el pueblo humilde. Foto: AITOR SÁEZ
Aquí un ejemplo bastante sensato del aburrimiento generalizado durante la pasada semana: 'Retos y límites del escrache'. Del escrache se han dicho muchas barbaridades, entre ellas, que supone la "muerte de la democracia", "muerte de las instituciones libres", "muerte de la propia lucha de los desahuciados"... en fin, una serie de conclusiones apocalípticas que tampoco quitan el sueño. El escrache, para mí, es la mínima expresión del cabreo social y una reacción ínfima de presión ante injusticias tan infundadamente llevadas a cabo con desprecio durante demasiados años. Hoy, hay otro escrache, esta vez en las sedes del PP, porque uno por uno no acabarían nunca. Si alguien todavía está de vacaciones, o se le ha juntado el paro, con los festivos y ya no sabe ni dónde está, que se pase por Urgell a las 19h.
Porque de muertes, a la de Jesucristo ayer se sumaron otras dos -Sara Montiel y Margaret Tatcher-, que consiguieron ampliar a 158 la edad media en el cielo y remover recuerdos de una prehistoria más idílica. Las otras dos, los dos menores asesinados por su madre en El Carmel, prefiero no entrar en detalles; sin embargo, deberían ser motivo de análisis y reflexión de todo lo que se está viviendo. En resumen, la punta del iceberg de una locura incomprendida y cada vez más impregnada en la vida cotidiana de muchos seres.
Niños y niñas de El Carmel se despiden de los menores asesinados ayer de madrugada. Foto: AITOR SÁEZ
¿Por qué los mató? ¿Qué le pasaba por su cabeza? ¿Qué le llevo a ese punto? ¿Cuánto de previsible podía ser? ¿Qué pensaba de ella su entorno? ¿Volverá a suceder? Respuestas que nunca llegan por ser demasiado reales. Preguntas que duran lo que se tarda en apretar un botón, cambiar de canal y splash. El nuevo programa de Telecinco, o Antena3, o me da igual, que se las prometía muy felices. Algo desgraciadamente mal han tenido que hacer para tener menos audiencia que el patético e infinito Gran Hermano.
Les doy una pista evidente: en un mundo donde la gente utiliza Internet para seleccionar sus contenidos, ¿quién coño se va a tragar cuatro horas de programa para ver cinco saltos a una piscina? A los pocos que les interese lo verán en youtube al día siguiente, que tampoco les va a producir insomnio. ¿En serio estas grandes cadenas tienen directores creativos, asesores de contenidos y analistas de audiencia? ¿Y les pagan? Luego se quejarán de que los medios de comunicación sufren la crisis, y son ellos los que tiran el dinero.
Llegados a este callejón sin salida, lo único que cabe añadir es "El mundo es extraño, ¿no?". La misma frase del "final feliz" de la película Blue Velvet, del trastornador David Lynch. La historia empieza con una oreja en el suelo y acaba con esa sentencia sobre nuestro alrededor. Inimaginable adivinar cómo se desarrollan los hechos. Aunque nada más lejos de la realidad, con algunos matices dramáticos. Inquietante, ¿verdad? ¡Splash! A ver si despertamos. Esto no es cine.
Frase final de la película Blue Velvet, de David Lynch. El film trata sobre trastornos psicológicos personales que reflejan algunos de los males más ocultos de la sociedad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario