Hace dos días recibí una simple y llana lección personal y profesional, en apenas cinco minutos de radio. Mi adorado presentador Carles Francino abrió 'La Ventana' con un editorial sobre el Día Mundial de la Poesía. Con la que está cayendo y te pones a hablar de versos. ¿Irresponsable? ¿Inconsciente? ¿Frívolo? A mi me parece tierno. A parte de valiente y original, creo imprescindible que en medio de este turbio panorama nos regalen unas pocas dosis de dulzura y paz.
Ya está bien de darnos la bienvenida al Titanic, de invitarnos a visitar el burdel y de confundirnos con mocosos. Tenemos derecho a desconectar y evadirnos, con seriedad. Francino me demostró con esa apertura del programa de la necesidad para un periodista de separar el drama de la realidad, la oscuridad del día, y encontrar esos resquicios de esperanza para compartirla con los demás. "No todo lo que es Montoro, reluce", decían. Pues sí, a veces es bueno tomarse un respiro para volver a las profundidades con oxígeno suficiente.
Esta vez el aire fue la poesía (y todo lo que la envuelve). Y allí apareció mi segunda lección del día, esta vez personal. Un hombre, concejal de Izquierda Unida (sin creer en dioses), que cada 21 de marzo le escribe una esquela a su mujer, fallecida en 1994. Diecinueve mensajes publicados casualmente el Día Mundial de la Poesía. Ese detalle no es un poema, ni amor, ni siquiera una estrofa... esa esquela es un homenaje a la ternura. (Aquí tienen la muestra).
La pareja le puso de nombre a sus hijos, Boris y Yuri, porque los concibieron en la antigua Unión Soviética. Tan idealistas y románticos, el marido no quiso apagar esa llama y lejos de ser un empalagoso recitaversos, Casaus le cuenta a su mujer cómo crecen sus niños, cómo está el país, y sobre todo le recuerda lo oportuno que sería que ella estuviese entre nosotros, sin importar el pretexto, con cualquier sutil excusa.
Las palabras de este 21 de marzo decían así:
Elenita: Gentes zurdas como tú, firmes y sin desmayar, nos asomaron a los logros laborales y sociales. Hoy, la infame reforma laboral y unos cuantos borrones siniestros en el BOE sitúan a la generación de tus hijos Boris y Yuri en la inaplazable tesitura de coger el chat autista y cambiar camisetas por camisas de manga larga para arremangarse pelear, sufrir y tratar de volver a la decencia; eso o rebozarse en las sentinas.
El hombre, que se encontraba en Buenos Aires, no supo explicar el motivo de aquella esquela. Sin embargo, tan solo el lugar donde estaba me da la respuesta. ¿Quién mejor que Argentina para hablarnos del amor, la poesía y la vida? Y en mi faceta más sensible, recuerdo aquel diálogo de la película El secreto de sus ojos, cuando Guillermo Francella le explica a Expósito la única razón que nos mueve y determina la manera como actuamos: nuestra pasión.
El tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa de familia, de novia, de religión, de dios; pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión. Existen los apasionados por el fútbol, por la bebida, por el arte, por las mujeres, por una mujer. Lo importante es encontrar tu pasión, sino tu vida estará vacía.
No hace falta asegurar que la pasión de Casaus es su mujer, y también escribir. Cuando descubro ese íntimo secreto, cuando de una simple anécdota me hago una novela y llego a su desenlace, se me escapa una sonrisa. Solo en un tren que pasa por Montcada a las cuatro de la tarde, Francino ha conseguido lo que pretendía, sacarnos una tímida expresión de felicidad.
En ese momento me dejo llevar por la ocasión, me pongo poético y escribo en la libretilla:
Primero reivindicativo,
"Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas" (Che Guevara)
Luego tierno,
"Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera" (Pablo Neruda)
Y viajando por la otra orilla del charco, me viene a la cabeza aquel poema clásico de Ruben Darío, que escribió para el bautizo de su sobrina, borracho, debajo de una mesa de bar:
A Margarita Debayle (1908)
Margarita,
está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.
Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fué la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fuí a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."
Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar."
Y dice ella: "No hubo intento;
yo me fuí no sé por qué;
por las olas y en el viento
fuí a la estrella y la corté."
Y el papá dice enojado:
"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: "En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."
Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.




